Formación

Los laicos no sólo tienen el derecho, sino también el sagrado deber de procurarse una sana y auténtica formación cristiana y humana, con el fin de vivir a la perfección las exigencias del Evangelio[1].

Queremos formar a los terciarios en una gran madurez humana y cristiana para que alcancen la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef 4,13).

Los terciarios deben manifestar con las obras que tienen a Dios en el corazón, porque por los frutos se conoce el árbol (Lc 6,44), y la fe sin obras es muerta (Sant 2,17).

Hoy más que nunca, en un mundo de falsos ideales y máximas de vida tan seductores como perniciosos, es necesario formar en los legítimos valores cristianos, en un amor y en un compromiso jerárquico: en el amor a Dios y a la verdad sobre todo amor, incluso al de la propia vida; y consecuentemente en el amor a la Patria y a la familia por amor a Dios.

Conscientes de que los principales responsables de la formación son los propios laicos, los terciarios del Instituto del Verbo Encarnado comprometen sus fuerzas para lograr una auténtica formación integral, humana, espiritual, intelectual y apostólica, para vivir a la perfección sus compromisos como miembros de la Tercera Orden Secular de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado.

El ambiente de formación debe crearse, en la medida de las posibilidades, en el seno de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado.

Dimensiones de la formación

Los terciarios ponen en manos de los sacerdotes y religiosos de la Familia del Verbo Encarnado la formación de su espiritualidad, con el fin de ser “una nueva encarnación del Verbo”[2], quien fue hombre íntegro. En todo terciario debe reflejarse el Verbo Encarnado como en un espejo, en quien brilla, sin mezcla pero en unión intimísima, la perfección humana y la perfección divina. Debemos imitar en todo a Cristo que “siendo Dios, infundió incluso en los gestos más humildes de la existencia humana una participación de la vida divina. En él podemos y debemos reconocer y honrar al Dios que, como hombre, nació y vivió como nosotros, y comió, bebió, trabajó, llevó a cabo las actividades necesarias a todos, de forma que sobre toda la vida y todas las actividades de los hombres, elevadas a un nivel superior se refleja el misterio de la vida trinitaria. Para quien vive a la luz de la fe, como laicos cristianos, el misterio de la Encarnación penetra también las actividades temporales, infundiendo en ellas el fermento de la gracia”[3].

Perfección humana

Naturaleza y gracia

La formación humana es el fundamento de toda formación. La mala inteligencia de la relación entre naturaleza y gracia es la raíz de muchos males. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana, eleva, perfecciona, dignifica y ennoblece.

La naturaleza no sólo es el soporte de la gracia, como mera condición exterior, sino que entra en la esencia de la misma identidad cristiana, y permanece perfeccionada. A la vez, la gracia trasciende a la naturaleza. La naturaleza se subordina a la gracia como el discípulo al maestro. Lo natural tiene, pues, una autonomía relativa en subordinación a lo sobrenatural.

Inteligencia

Es necesario procurar la máxima perfección de la naturaleza, formando en primer lugar las potencias del alma, de la inteligencia y de la voluntad, para vivir en coherencia con los principios cristianos, firmemente arraigados, porque quien no vive como piensa, termina pensando cómo vive.

Los terciarios deben ser hombres y mujeres que saben pensar, con ideas claras, firmes, hombres y mujeres de principios, que siempre buscan la verdad, el bien y la belleza, que poseen una inteligencia que sabe defenderse sin dejarse seducir y sin permitir que en ella anide el más mínimo germen del error.

Los fieles deben educarse en el amor y conocimiento de la verdad por medio de una formación intelectual amplia, que se abra al ser de la investigación en el amplio campo del saber humano, con una fiel adhesión al Magisterio de la Iglesia, que con su sabiduría dos veces milenaria guía las inteligencias y las protege del error. “Porque el bien de la persona consiste en estar en la verdad y realizar la verdad”[4].

La formación intelectual debe tener como base un vasto conocimiento de la doctrina católica, sintetizada en el Catecismo de la Iglesia Católica.

De modo especial hay que formar en el conocimiento particular de la Doctrina Social de la Iglesia, por la que los terciarios lograrán la real transformación del orden temporal.

Debemos procurar formar verdaderos profesionales y especialistas con alto nivel científico que en los distintos campos del saber sepan dar una respuesta adecuada a los interrogantes más actuales y más controvertidos, y de esta manera brindar a la Iglesia una eficaz ayuda en la evangelización de las culturas más inficionadas de idealismo, enciclopedismo, falso humanismo, cientificismo, liberalismo y marxismo. Hombres y mujeres que sepan pelear convencidos de que con la fuerza de la verdad pueden pulverizar los mejores argumentos que esgrimen los enemigos. Hasta la muerte por la verdad combate, y el Señor Dios peleará por ti (Eclo 4,28).

Además hay que saber gozar con la verdad por la bondad que Dios ha impreso en los seres. “Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura y yéndolos mirando, con sola su

figura, prendados los dejó de su hermosura”[5].

Fruto de una inteligencia que capta lo real es el humor. Por eso tener sentido del humor es un buen signo de salud mental. Porque el humor del que brota la sana ironía, la risa fresca, la alegre carcajada, implica la percepción de lo absurdo, de lo contradictorio, de lo desproporcionado, de lo deforme. Y es condición imprescindible para esta percepción, el ser dueños de un intelecto sano capaz de contemplar y comprender al ser en su armonía y en el resplandor de su belleza.

Quien lucha por la Verdad con amargura, transforma la verdad en una cosa amarga, que repele y repugna. No basta luchar por la verdad, hay que amarla y hacerla amar. Porque la Verdad, que es Bien y es Belleza Suprema y Armonía, es en sí misma infinitamente amable.

Por eso el humor verdadero es un privilegio del pensamiento realista. El mundo moderno, sumergido en el devenir, cambiante, se ha vuelto incapaz de percibir lo absurdo, lo contradictorio. Porque su inteligencia a roto con el orden del ser, cerrada en su propia conciencia ha apostatado de los primeros principios negando su evidencia inmediata.

Principalísimamente hay que apuntar a formar la conciencia, pura, sin falsedades y sin justificaciones. Y a serle fiel, ya que por ella se manifiesta la voz de Dios, actuando siempre con rectitud de intención, sin dobleces ni ambigüedades.

Debemos saber también decidir en conciencia delante de Dios. Vivir de cara a la eternidad. La conciencia verdadera es la norma próxima de los actos humanos, “es el testimonio de Dios mismo”145, es el “heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí mismo, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey”[6].

La voluntad

Asimismo, junto con la educación de la inteligencia, es necesario formar adecuadamente la voluntad, mediante la práctica constante de todas las virtudes y el dominio de las pasiones, de manera tal que siempre y en todo se busque y elija sólo el bien mejor.

Por eso debemos estar dispuestos a educar en las virtudes humanas individuales y sociales con el fin de tender a la perfección del ser humano que tiene una dimensión individual y social. Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta (Flp 4,8). “El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien”[7].

El ejercicio de las virtudes procura “una disposición habitual y firme para hacer el bien. Permite a la persona, no sólo realizar actos buenos sino dar lo mejor de sí mismo. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y elige a través de las acciones concretas”[8].

Formar la voluntad significa poseer un querer que con firmeza siga al bien de la inteligencia, sin dejarse influenciar por las pasiones. Es decir tener una voluntad de tercer binario, sin lentitudes ni dilaciones. Hay que tener una voluntad sólida, decidida, valiente, intrépida, capaz de entregarse a la locura de la cruz, que ama las cosas en la medida que merecen ser amadas, porque posee un amor jerárquico y vertical. Solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona a su verdadero bien.

Finalmente hay que ordenar los amores, sobre las pasiones sólo tenemos un dominio político, hay que formar las inclinaciones sensibles mediante el agere contra ignaciano, negándose aun las cosas lícitas. El no tener las pasiones ordenadas ocasiona celos, envidias, componendas, etc. que afectan el correcto desempeño de las facultades superiores.

Queremos formar hombres y mujeres auténticamente libres, dueños de sí mismos, que por poseerse puedan darse totalmente. En este aspecto consideramos muy importante la práctica de los deportes, la realización de campamentos, las convivencias, etc.

Finalmente los terciarios deben ser hombres de acción, que sepan obrar en el momento oportuno cuando deben y pueden hacerlo, y que sean eficaces en la acción, sin dejar para mañana lo que se puede hacer hoy, que no haya en ellos miedo, timidez o tibieza. Para lo cual es indispensable saber discernir qué es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto (Rom 12,2), para lo que nos valdremos del conocimiento y la recta aplicación de las reglas de discernimiento de San Ignacio de Loyola, para que de esta manera acertemos siempre en el obrar pues somos conducidos por el espíritu de Dios, hay que ser prudentes como palomas y astutos como serpientes (Mt 10,16).

Perfección de gracia

Cristo fue hombre perfecto, también en cuanto al organismo espiritual, por la gracia de unión su alma estuvo colmada de la máxima perfección, pues tenía la plenitud de gracia, lo vimos como Unigénito del Padre, lleno de gracia y verdad (Jn 1,14), junto con todos los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas.

El fin sobrenatural del hombre corresponde, a la vez que trasciende, a su fin natural. Por eso todos los deseos del hombre no serán consumidos, sino consumados en la visión beatífica[9]. Debe tenerse en cuenta esta correspondencia y trascendencia en el período de formación. Enseña Pío XI que “la educación cristiana comprende todo el ámbito de la vida humana… para elevarla, regularla y perfeccionarla según el ejemplo y la doctrina de Cristo”[10].

La meditación fiel de la Palabra de Dios, por la cual conocemos los misterios divinos, ha de tener un lugar privilegiado en la vida del terciario. Esto es especialmente importante en orden al ministerio profético[11]. Los terciarios deben procurar tener familiaridad y amor para con los textos sagrados, que sepan leerlos frecuentemente, meditarlos, exponerlos y defenderlos.

La lectura de la Sagrada Escritura debe ser acompañada por la oración. “Si se exceptúan las primeras gracias de la vocación a la fe o a la penitencia, todas las demás no se conceden sino a quien las pide y en especial la de la perseverancia”[12]. “Dios quiere dar pero sólo a quien le ruega”[13]. Sin la oración es imposible la salvación “el que reza se salva y el que no se condena”[14].

Debemos tener también una gran confianza en el poder de la oración. La eficacia de la oración es tal que cuando está revestida de las debidas condiciones es infalible, las palabras de nuestro Señor son contundentes: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre (Mt 7,7-8); y todo cuanto con fe pidiereis en la oración lo recibiréis (Mt 21,22); y lo que pidiereis en mi nombre eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo, si me pidiereis alguna cosa en mi nombre, yo la haré (Jn 14,13-14).

Hemos de ser hombres de oración, no sólo debemos destinar tiempos determinados a la oración, sino que debemos vivir en oración, incluso hay que saber unir la acción con la contemplación de las verdades eternas, de tal manera que por este medio consagremos las múltiples ocupaciones a que estemos sometidos.

Con la ayuda de la dirección espiritual debemos procurar ascender en la oración hasta lograr la máxima unión que los místicos llaman el matrimonio espiritual, prestos a pasar por las noches

activas y pasivas del espíritu para ser todo de Dios[15].

También se debe crecer en la participación activa en los sagrados misterios, especialmente en la Eucaristía, que “es el culmen de la oración cristiana”[16]. Para esto se requiere una auténtica educación litúrgica, que lleva cada vez más a una participación “plena, consciente y activa”[17] en la misma. Por tanto es necesario que los terciarios participen frecuentemente en la celebración eucarística, que se identifiquen con el mismo Cristo sacrificado, viviendo en plenitud el oficio sacerdotal heredado en el Santo Bautismo.

Además deben descubrir la belleza y la alegría del sacramento de la penitencia, en un mundo que ha perdido el sentido del pecado y de la misericordia divina[18] “hay que afirmar que nada es más personal e íntimo que este sacramento en el que el pecador se encuentra ante Dios solo con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en su lugar ni puede pedir perdón en su nombre”[19]. De aquí que “suscitar en el corazón del hombre la conversión y la penitencia y ofrecerle el don de la reconciliación es la misión connatural de la Iglesia, continuadora de la obra redentora de su divino Fundador”[20].

Los terciarios deben estar “en perfecta comunión con la Iglesia Jerárquica, por su doble vínculo: por una misma fe y caridad y por el gobierno de uno solo sobre todos: Pedro[21]. Nuestro lema es “con Pedro y bajo Pedro”[22].

Queremos formar hombres virtuosos según la doctrina de los grandes maestros de la vida espiritual, en especial: San Agustín, Santo Tomás, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Luis María Grignion de Montfort, Santa Teresa del Niño Jesús, de todos los santos de todos los tiempos que la Iglesia propone como ejemplares para que imitemos sus virtudes. Para ser como otro San José, Santa María Magdalena, San Sebastián, Santa Felícitas y Perpetua, San Luis Rey, San Fernando, San Cristóbal, Santo Tomás Moro, San Isidro Labrador, Santa Rosa de Lima, Beato Pier Giorgio Frasatti, Santa Gianna Beretta Molla, San Juan Diego…

De este modo, siguiendo al Papa en la doctrina y a los santos en la vida, jamás nos equivocaremos, ya que no puede equivocarse el Papa en las enseñanzas de la fe y de la moral, ni se equivocaron los santos en la práctica de las virtudes.

Ha de inculcárseles además, vivir el carisma propio de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado.

Aprenda también el seglar a cumplir la misión de Cristo y de la Iglesia, viviendo de la fe en el misterio divino de la creación y de la redención, movido por el Espíritu Santo, que vivifica al Pueblo de Dios e impulsa a todos los hombres a amar a Dios  Padre y al mundo y a los hombres en Él.

Debemos saber formarnos en la caridad hacia los más pequeños, buscando a Cristo en los hombres. Esto exige que el terciario se sepa estimular continuamente por el Espíritu en la caridad del Verbo Encarnado.

Jesucristo, Hijo de Dios y de la Santísima Virgen, debe ser el centro de toda vida espiritual: Nadie va al Padre sino por Mí (Jn 14,6). Debemos procurar conocer e imitar las virtudes de Jesús y de María, de identificarnos con ellos, de tal manera que sean el molde de nuestra espiritualidad.

Debemos aprender a vivir de la Providencia poniendo la confianza sólo en Dios, ¿quién confió en el Señor y fue defraudado? (Eclo 2,10b); sobre el Señor arroja tu cuidado y él te sustentará (Sal 24,33); que el Señor jamás abandona a los que sólo por él se aventuran. Que si Dios alimenta a las aves del cielo y viste a los lirios del campo[23] no permitirá que nos suceda nada malo. “Quien en mi confía me hace tanta violencia, que me imposibilita negarle nada”, le dijo el Señor a Santa Gertrudis.

Queremos formar terciarios que no sean “tributarios”[24], es decir, que no sean obsecuentes. Que vivan en plenitud la reyecía y el señorío cristiano y sacerdotal. Que por tener a Jesucristo sientan resonar a sus oídos: “yo (soy) vuestro Padre por ser Dios, yo vuestro primogénito hermano por ser hombre. Yo vuestra paga y rescate, ¿qué teméis deudas, si vosotros con la penitencia y la Confesión pedís cuenta de ellas? Yo vuestra reconciliación, ¿qué teméis ira? Yo el lazo de vuestra amistad, ¿qué teméis enojo de Dios? Yo vuestro defensor, ¿qué teméis contrarios? Yo vuestro amigo, ¿qué teméis que os falte cuanto yo tengo, si vosotros no os apartáis de Mí? Vuestro mi Cuerpo y mi Sangre, ¿qué teméis hambre? Vuestro mi corazón, ¿qué teméis olvido? Vuestra mi divinidad, ¿qué teméis miserias? Y por accesorio, son vuestros mis ángeles para defenderos; vuestros mis santos para rogar por vosotros; vuestra mi Madre bendita para seros Madre cuidadosa y piadosa; vuestra la tierra para que en ella me sirváis, vuestro el cielo porque a él vendréis; vuestros los demonios y los infiernos, porque los hollaréis como esclavos y cárcel; vuestra la vida porque con ella ganáis la que nunca se acaba; vuestros los buenos placeres porque a Mí los referís; vuestras las penas porque por mi amor y provecho vuestro las sufrís; vuestras las tentaciones, porque son mérito y causa de vuestra eterna corona; vuestra es la muerte porque os será el más cercano tránsito a la vida. Y todo esto tenéis en Mí y por Mí; porque lo gané no para Mí solo, ni lo quiero gozar yo solo; porque cuando tomé compañía en la carne con vosotros, la tomé en haceros participantes en lo que yo trabajase, ayunase, comiese, sudase y llorase y en mis dolores y muertes, si por vosotros no queda. ¡No sois pobres los que tanta riqueza tenéis, si vosotros con vuestra mala vida no la queréis perder a sabiendas!”[25].

Terciarios que estén convencidos de que: “Míos son los cielos y mía la tierra. Mías son las gentes. Los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos y la Madre de Dios y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí”[26]. Y, en definitiva, que comprendan y vivan aquella vibrante expresión de San Pablo: … todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas; ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Cor 3,21-23).

Formación en la disciplina

Un aspecto de la formación espiritual debe ser adquirir una disciplina de vida, cuyo objetivo no es otro que captar el “estilo” de Nuestro Señor Jesucristo, lo cual no es en Él otra cosa, que las actitudes que, como Hijo, tiene junto al Padre. Respecto a nuestra relación de discípulos para con El, la disciplina consiste en considerarlo como nuestro “camino” al Padre.

La disciplina es la actitud fundamental del discípulo. Es la sumisión a las reglas de vida en orden a que la verdad se encarne en la vida de los discípulos. Para nosotros la verdad es Cristo y ser dóciles a la disciplina es dejarnos enseñorear por El.

Queremos que nuestros laicos sean dóciles a la gran disciplina de la Iglesia, expresada en el Código de Derecho Canónico, en todas las demás normas y leyes eclesiales, y dóciles a la disciplina particular de nuestra Tercera Orden, recordando la enseñanza: aprehendite disciplinam: amad la disciplina, no sea que se enoje el Señor (Sal 2,12)[27], y la del Apóstol: padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y en la enseñanza del Señor (Ef 6,4), así llegarán a ser nuestros laicos idóneos para el Amor (2Tim 2,21). “Educarlos con la disciplina no es otra cosa que inducirlos al bien”[28]. Así los hermanos “muestran su propio estilo de vida”[29].

Formación para el apostolado

Jesucristo asumió una naturaleza humana, para tener actos y operaciones humanas, para que fuese un hombre de la estirpe de Adán quien pagara la pena por el pecado y obrara la redención de los hombres. Fue la unión hipostática la que posibilitó a la persona del Verbo sufrir y padecer en su naturaleza humana para la salvación del género humano. Bajo esta imagen debemos adquirir también una seria formación para el apostolado.

La predicación y el apostolado estuvieron en perfecta concordancia con el fin de la Encarnación[30], debemos también nosotros que queremos prolongar la Encarnación a toda la realidad desvivirnos por el bien de las almas.

El fin del apostolado es Jesucristo. Debemos fomentar en nosotros la sed por las almas, comunicar a los demás el bien que hemos recibido. Sentir el mismo sentimiento que tuvo Jesucristo clavado en la cruz: tengo sed (Jn 19,28b).

Es necesario procurar ejercitarse y prepararse adecuadamente para los distintos tipos de apostolado.

Todos aquellos que pretendan realizar grandes obras apostólicas, deben prepararse a sufrir. El apostolado es cruz, porque el Supremo Apóstol nos consiguió la redención por medio del dolor y del sufrimiento, y nadie puede ser más que su maestro. La medida del amor es el dolor, en la medida en que estemos dispuestos a sufrir, seremos más fecundos. Hay que dejarse quemar para quemar. Por eso deben estar dispuestos a sufrir incomprensiones, vituperios, insultos, ingratitudes, ser ridiculizados, para ser como los apóstoles espectáculo del mundo.

Se debe educar para aprender a trabajar en equipo, a modo de cuerpo, donde cada miembro ocupa su lugar, sin envidias, sin mayores aspiraciones que la de servir a la propagación del Reino de Cristo, puesto que “la estrecha unión de las fuerzas es la única que vale para lograr plenamente todos los fines del apostolado moderno y proteger eficazmente sus bienes”[31]. Que cada uno ponga sus dones y talentos al servicio de los demás.

Los laicos que lo deseen podrán ponerse a disposición para evangelizar donde la Iglesia más lo necesite, incluso, si fuese posible y necesario, para ir a tierras lejanas para que Cristo reine, venza e impere en todo el mundo.

  1. B) Medios para la formación

A semejanza de Cristo que crecía y se fortalecía llenándose de sabiduría[32], toda nuestra vida debe ser un continuo ascender hacia Dios, en la vida espiritual el que no avanza retrocede. Cada etapa de la vid debe ser una ocasión para crecer, para adquirir nuevas virtudes, nuevos conocimientos, nueva sabiduría de la vida y de la gracia.

Para esto juegan un papel fundamental los distintos movimientos y grupos en los que por diferentes caminos se busca como fin común el ascenso espiritual. ¡Hay del sólo! (Qo 4,10). Cuando hay todo un grupo en el que se apoyan y se alientan mutuamente, mucho más obstáculo encontrará el demonio para hacer su daño. No sólo deberá luchar por quebrar a un alma sino que junto con ella tendrá que luchar con todas los que lo rodean.

En los niños y en los jóvenes

Los padres de familia de la Tercera Orden han de tener la principalísima preocupación de que sus hijos vivan y crezcan en un clima auténticamente cristiano, donde florezca la alegría, la sana diversión, los altos ideales, donde aprendan a comprometerse y a adquirir responsabilidad de modo progresivo, experimentando la satisfacción por el deber cumplido, y todo realizado con generosidad para con Dios y el prójimo, y esto por amor a Dios.

Por eso es conveniente que desde su más tierna edad aprendan a participar de los grupos infantiles, oratorios festivos, de las actividades al aire libre: especialmente de campamentos educativos, organizados por los mismos miembros de la Tercera Orden, que sean escuela de vida, donde aprendan a valerse por sí mismos y de todas aquellos medios que puedan ir forjando su personalidad humana.

También cuidarán con especial esmero su formación espiritual por medio de la dirección espiritual con santos y buenos sacerdotes, la oración en familia, los ejercicios espirituales, los retiros de perseverancia, la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, la asistencia a la Sagrada Liturgia, etc.

Los jóvenes buscan incesantemente alguien a quien imitar, ideales de carne y hueso. Es fundamental proponerles santos ideales, modelos insignes, santos y héroes por quienes se vean estimulados a practicar la virtud, que suplan a los falsos ídolos modernos. Para animarlos a la santidad hay que recordarles que estos modelos no nacieron santos sino que se hicieron tales con su esfuerzo y la gracia de Dios.

Edúqueseles también en la magnanimidad que es “el ornato de todas las virtudes”, para que todos los actos de su vida sean realizados con grandeza de alma. Debe también hacerles comprender que milicia es la vida del hombre sobre la tierra (cf. Job, 7,1), y que están destinados a luchar, debemos formar una juventud valiente, pura, conquistadora, esperanza para la Iglesia.

Desde muy pequeño se les debe enseñar a amar la verdad y a dar testimonio de ella, pudiendo dedicarse al estudio de la verdad divina y humana con entusiasmo y fervor, captando el verdadero sentido del estudio. Encauzando una amplia formación intelectual, por medio de la lectura asidua, la formación del juicio crítico mediante los grupos de estudio, las disputatio, la confrontación y refutación de doctrinas erróneas, las conferencias, los cursos de cultura católica, etc. Evitando la superficialidad, la vana curiosidad, el enciclopedismo, la erudición vana que busca la extensión pero no la profundidad. Que sepan estar a la altura de los acontecimientos, que sean hombres de su tiempo.

“La formación para el apostolado debe comenzar de la primera educación de los niños. De modo especial, iníciese a los adolescentes y a los jóvenes en el apostolado e imbúyaseles de este espíritu. Esta formación debe ir completándose durante toda la vida, de acuerdo con las exigencias que plantean las nuevas tareas recibidas. Es evidente, pues, que los educadores cristianos están obligados también a formar a sus discípulos para el apostolado”[33]. Es nuestro anhelo que se forjen familias misioneras, verdaderas Iglesias domésticas, que sepan cumplir a la perfecciónmel deber de profetas que adquirieron en el Bautismo.

En los adultos

Los adultos tienen que dar ejemplo de vida cristiana a los más jóvenes. Por lo cual deben procurar una personalidad sólida, equilibrada y libre.

Ayudará a esto la formación permanente, adquiriendo la adultez también en la vida espiritual, por un mayor crecimiento en la oración y en la práctica de la meditación. Por eso deben intentar participar más conscientemente en la oración litúrgica de la Iglesia. Sobre todo en la Santa Misa, aportando al sacrificio eucarístico la oblación de su propia vida de un modo cada vez más perfecto.

No hay que perder de vista que la formación teológica e intelectual nunca acaba; al contrario cada vez debe crecer más, sobre todo en profundidad. Para ello la buena lectura, los cursos de teología, de cultura católica y los estudios superiores que se puedan realizar serán de mucha utilidad.

La madurez espiritual será el fruto de una dirección espiritual seria, de la práctica de ejercicios espirituales y de la participación de grupos de formación y de apostolados, donde uno pueda volcar toda la riqueza que haya adquirido con la ayuda del Señor.

En los ancianos

Los ancianos no quedan excluidos de la obligación que tienen de adquirir una formación permanente, ya que deberán aprender a vivir de un nuevo modo las exigencias del cristianismo. Su vida no pierde sentido ni se vuelve vacía, al contrario, adquiere mayor riqueza ya que a la experiencia de sus años se suman otras nuevas que tienen que ver con el deterioro de su cuerpo pero que no desdice del crecimiento y juventud que debe tener su alma.

Por eso deben ser claro testimonio de paciencia, sabiduría, caridad, alegría, esperanza y valentía. Es necesario tener conciencia que, aunque no sea notorio, muchos estarán pendientes de cómo será el desenlace de su vida, y aun en este momento deben dar ejemplo, así como el anciano Eleazar que prefirió una muerte honrosa a dar mal ejemplo a los jóvenes[34].

Citas:

[1] Cf. CIC, c. 229.

[2] BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD, Elevación 33.

[3] BEATO JUAN PABLO II, Catequesis del 10 de noviembre de 1993.

[4] BEATO JUAN PABLO II, Discurso a los participantes del Congreso Internacional de Teología Moral 10 de abril de 1986, 1: Insegnamenti IX,1 (1986), 970.

[5] SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico Espiritual (B), Canción 5.

[6] SAN BUENAVENTURA, In II Libhrum Sentent., dist. 39, a. 1, q. 3, concl., II, 907 b.

[7] CIC, 1804.

[8] CIC, 1803.

[9] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa contra Gentiles, III, 63.

[10] Divini illius Magistri, 59.

[11] Cf. Pastores Dabo Vobis, 47.

[12] SAN AGUSTÍN, De dono pers., c.16

[13] SAN AGUSTÍN, In Ps. 102.

[14] SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Obras Ascéticas, 856-8.

[15] Cf. Directorio de Espiritualidad.

[16] Cf. Pastores Dabo Vobis, 48.

[17] Sacrosanctum Concilium, 14.

[18] Cf. Pastores Dabo Vobis, 48.

[19] Reconciliatio et Paenitentia, 31, IV.

[20] Reconciliatio et Paenitentia, 23.

[21] Constituciones, 210.

[22] Constituciones, 211; cf. Ad Gentes, 38.

[23] Cf. Mt 6,26.

[24] Cf. Num 18,24.

[25] SAN JUAN DE AVILA, Epistolario, carta 20, T. V, 149-150.

[26] SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos de Luz y Amor, nº 26, 45.

[27] En la versión de la Vulgata.

[28] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Ad Ephesios Lectura, Lect. VI, 4.

[29] Carta a Diogneto, V, 4.

[30] Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S.Th., III, 42, 2.

[31] Apostolicam Actuositatem, 18.

[32] Cf. Lc 2, 51-53.

[33] Apostolicam Actuositatem, 30.

[34] Cf. 1 Mac. 6, 18-31.

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